EL CANIBALISMO INSTITUCIONAL: EL DERECHO PENAL COMO ARMA Y EL PARLAMENTO COMO CIRCO
ABG. CARLOS EDUARDO BUSTAMANTE SALVADOR
NO ES POSIBLE VIVIR ACUMULANDO MÚLTIPLES EXPERIENCIAS SIN DARLAS A CONOCER, SIN EGOÍSMO, SIN RESISTENCIA; CONFESARSE ES LIBERARSE, ES UNA SANGRÍA ESPIRITUAL QUE ALIVIA LA HIPERTENSIÓN DEL ALMA Y HACE MÁS TOLERANTE EL DURO VIVIR.
jueves, 29 de octubre de 2026
sábado, 17 de octubre de 2026
EL FRAUDE ENERGÉTICO Y LA RESPONSABILIDAD PENAL
Y PATRIMONIAL DEL ESTADO
El colapso del sistema eléctrico en el Ecuador no es un desastre natural ni una conspiración ideológica: es un crimen de gestión pública. Intentar diluir la compra de chatarra termoeléctrica bajo la retórica gubernamental de "los odiadores" o justificar el racionamiento forzado a las industrias como un acto de gobernabilidad es una afrenta directa al ordenamiento jurídico. En el estricto derecho constitucional y administrativo, estamos frente a una configuración flagrante de responsabilidad penal y patrimonial directa de la administración de Daniel Noboa, cuyos actos han quebrado el principio de seguridad jurídica y asfixiado el aparato productivo del país.
El análisis legal objetivo no permite matices ni ambigüedades. Las responsabilidades están tipificadas y las vías de demanda patrimonial contra el Estado están plenamente habilitadas bajo los siguientes pilares de fuerza legal:
1. La Responsabilidad Patrimonial Objetiva del Estado (Art. 11.9)
El artículo 11, numeral 9, en concordancia con el artículo 53 de la Constitución de la República establece un principio dogmático irreversible: "El Estado será responsable civilmente por los daños y perjuicios causados a las personas particulares por la negligencia o deficiente prestación de los servicios públicos".
· La energía eléctrica es un servicio público estratégico (Art. 314) cuya continuidad es obligación ineludible del Ejecutivo.
· Las cámaras de la producción, industrias y comerciantes no deben rogar por soluciones; tienen la facultad legal de interponer de manera masiva Acciones Subjetivas o de Plena Jurisdicción ante el Tribunal Contencioso Administrativo.
· Al existir informes oficiales de la Contraloría que cifran el perjuicio en más de 140 millones de dólares por contratos fallidos (como Progen y ATM), se configura la prueba plena de la falta de servicio. El Estado está obligado por ley a indemnizar el daño emergente y el lucro cesante de cada fábrica y negocio paralizado por decisiones arbitrarias.
2. Desviación de Poder y Arbitrariedad en el Consumo Industrial
Exigir de manera autoritaria y unilateral la suspensión del consumo eléctrico por 72 horas al sector empresarial, bajo amenazas del uso de la fuerza pública, constituye una desviación de poder y una flagrante violación al artículo 82 de la Constitución (Seguridad Jurídica).
· El régimen jurídico no faculta al Secretario de la Administración Pública ni al Presidente a confiscar indirectamente la capacidad productiva de los privados sin un Estado de Excepción dictaminado por la Corte Constitucional que justifique la proporcionalidad y la compensación económica de la medida.
· Toda disposición verbal o memorando que carezca de motivación técnica es nulo, e impone responsabilidad civil y administrativa personal sobre los funcionarios que firmaron dichas órdenes.
3. Delincuencia Institucionalizada y el Fraude Eléctrico
Las acciones de la Contraloría y de la Fiscalía General del Estado no admiten dobles lecturas políticas en un editorial técnico. El Informe con Indicios de Responsabilidad Penal (IRP) emitido por el organismo de control penaliza actos que encajan estrictamente en el delito de peculado (Art. 278 del COIP).
· Adquirir a sabiendas generadores viejos, incompatibles e inservibles que hoy operan como chatarra no es un error de cálculo; es un desvío deliberado de fondos públicos en beneficio de contratistas particulares.
· Que la Asamblea Nacional utilice su mayoría oficialista de ADN para bloquear juicios políticos contra las autoridades del sector solo demuestra la cooptación de la función fiscalizadora, pero no extingue la acción penal. Los delitos contra la administración pública son imprescriptibles, y el archivo legislativo de un juicio no vincula ni frena las investigaciones penales ordinarias que la Fiscalía está obligada a judicializar sin dilaciones ni dictámenes abstentivos selectivos.
El Ecuador no enfrenta un bache eléctrico; enfrenta un fraude
institucionalizado. Los ciudadanos y los gremios productivos tienen el deber
cívico y el derecho legal de activar las demandas de repetición
y de reparación integral contra el Estado.
Cuando un gobierno prefiere apagar el país antes que transparentar sus
contratos y someterse al imperio de la Constitución, la única respuesta
institucional válida y contundente es activar las demandas de indemnización
hasta que los gobernantes respondan con su propio patrimonio por la ruina
económica impuesta a la nación.
viernes, 9 de octubre de 2026
- Auditoría y control del gasto digital: Transparentar y fiscalizar de forma estricta los fondos destinados a la pauta en redes sociales (TikTok, Meta, X, YouTube), imputando estos valores de manera directa al gasto electoral de los partidos.
- Frenar las falacias y ofertas demagógicas: Implementar mecanismos rigurosos de verificación pública de los planes de trabajo inscritos, impidiendo que candidatos con pasados judiciales cuestionables o investigaciones pendientes sigan utilizando el espacio público para difundir mentiras sistemáticas.
- Garantizar la equidad en la contienda: Detener el uso proselitista de recursos y cargos públicos por parte de burócratas y exfuncionarios que utilizan sus plataformas institucionales como trampolín publicitario personal.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
LA ILUSIÓN DE LA EXCEPCIONALIDAD: UN LLAMADO A LA REESTRUCTURACIÓN ESTRUCTURAL E INTELIGENTE DEL ESTADO
El Ecuador atraviesa una de las crisis de seguridad jurídica y material más profundas de su historia contemporánea. Desde el inicio de la actual administración en noviembre de 2023, el país ha habitado en un régimen de excepcionalidad casi permanente. La declaratoria de un "Conflicto Armado Interno" y la consecuente cadena de estados de excepción han pretendido erradicar con decretos de emergencia un fenómeno de violencia delictiva que, lejos de ser coyuntural, es profundamente estructural. A las puertas de un nuevo estado de excepción en diversas provincias del litoral y la sierra, la persistencia de las muertes violentas y la extorsión evidencian que el modelo actual ha agotado su rendimiento político y jurídico.
Metodológicamente, abordar esta crisis exige deponer la retórica de la confrontación interinstitucional y examinar el diseño del Estado a la luz del derecho constitucional y la teoría de la seguridad nacional. Un análisis riguroso de la situación actual arroja tres conclusiones fundamentales:
La normalización del estado de excepción desnaturaliza el orden constitucional. El espíritu de los artículos 164 al 166 de la Constitución de la República del Ecuador define a la excepcionalidad como una herramienta de temporalidad estricta y de última ratio. Su uso crónico subvierte la regla general, erosiona la seguridad jurídica y acostumbra a las instituciones ordinarias a depender de la suspensión de garantías ciudadanas para operar mínimamente. La delincuencia organizada transnacional no es un desastre natural ni una crisis médica; es un enemigo permanente que debe ser combatido con leyes e instituciones de igual permanencia.
- El linchamiento mediático a la Función Judicial es una estrategia distractora. Culpar exclusivamente a la "puerta giratoria" de las cortes de la liberación de delincuentes confunde la eficacia policial con el debido proceso. Un juez constitucionalmente responsable no puede dictar prisión si la detención civil o policial incumple las formalidades de la flagrancia, carece de una investigación fiscal técnicamente sólida o vulnera los derechos fundamentales del procesado. Traspasar la culpa de la inseguridad a los magistrados debilita la independencia judicial y desvía la atención de las taras operativas del propio Poder Ejecutivo.
- La militarización urbana desgasta el talento humano sin cortar la logística criminal. Mantener de forma indefinida a las Fuerzas Armadas en tareas de patrullaje callejero desnaturaliza su doctrina militar de fuerza letal y desguarnece las fronteras terrestres, fluviales y marítimas. Mientras los soldados revisan vehículos en los cascos urbanos, las aduanas, los puertos comerciales y el espacio aéreo sufren vacíos de control crítico que facilitan el flujo de precursores químicos, armas y narcóticos.
Ante este panorama, este espacio editorial formula un llamado urgente y enérgico al Gobierno Nacional para que abandone el analgésico de los decretos de emergencia y asuma el diseño de una política de seguridad estructural, técnica y constitucionalmente blindada. Fortalecer el Estado de derecho demanda ejecutar de manera inmediata tres acciones metodológicas:
Primero, regresar a las instituciones uniformadas a su misión y visión de origen. Es imperativo devolver a las Fuerzas Armadas al control absoluto y tecnificado de las fronteras nacionales para asfixiar las economías ilegales desde su ingreso al territorio. En paralelo, se debe sanear, equipar y redesplegar a la Policía Nacional en su rol civil fundamental: el patrullaje preventivo y la consolidación de las Unidades de Policía Comunitaria (UPC). La seguridad sostenible nace de recuperar la confianza del barrio, no de patrullar con tanquetas en zonas residenciales.
Segundo, reestructurar por completo el Sistema de Inteligencia Estratégica. El crimen organizado no se destruye multiplicando el número de uniformados en las esquinas, sino desmantelando su estructura financiera y logística. El Gobierno debe dotar de recursos técnicos, tecnológicos y presupuestarios blindados a los servicios de inteligencia para anticipar el delito, limpiar las cortes e instituciones infiltradas y proveer a la Fiscalía General de pruebas técnicas irrefutables que impidan a cualquier juez la liberación de un cabecilla criminal.
El artículo 3 de nuestra Carta Magna establece que garantizar la seguridad integral y una cultura de paz es un deber primordial del Estado. Para cumplir este mandato, el Ejecutivo no necesita suspender la Constitución a través de constantes excepciones; necesita aplicarla con rigurosidad institucional, planeación estratégica y profunda seriedad técnica. La paz no llegará por medio de un decreto temporal; se construirá el día en que la inteligencia del Estado supere la astucia del crimen.