martes, 21 de abril de 2026

 

EL ESTADO EN PAUSA Y LA NACIÓN EN FUGA
 
Ecuador ha dejado de ser un país en crisis para convertirse en un territorio bajo administración compartida. Por un lado, un Gobierno que ha hecho del Estado de Excepción su única política pública; por otro, una criminalidad que ha dejado de esconderse para ejercer una gobernanza criminal a plena luz del día. Lo que hoy vivimos no es un bache en la historia, es el resultado de una incompetencia sistémica que ha mutado en una complicidad tácita.
 
Hemos llegado al punto donde la seguridad se mide en "likes" y no en vidas salvadas. Mientras los ministros se transforman en figuras de vitrina, posando junto a uniformados mal pagados en operativos de semáforo, los verdaderos nodos del poder delictivo —esos santuarios de impunidad— se consolidan. Es la tragedia de la forma sobre el fondo: se exhiben fusiles mientras las aduanas, los puertos y los pasillos judiciales siguen siendo el colador por donde se desangra la soberanía nacional.
 
La pregunta que el Ecuador debe hacerse hoy no es cuándo terminará el próximo toque de queda, sino quién manda realmente cuando la luz se apaga. La infiltración de la narcopolítica no es una sospecha, es una estructura que se alimenta de la ineptitud de asesores de escritorio y de la ceguera voluntaria de quienes deberían depurar sus propias filas. Un Estado que no puede garantizar que sus fuerzas del orden sean inmunes al soborno, porque las tiene en el abandono salarial, es un Estado que ha renunciado a pelear.
 
Estamos permitiendo la creación de microestados dentro de nuestra frontera, zonas donde el ciudadano ya no espera nada de Quito, sino de quien controla el barrio. Si no despertamos de este letargo de propaganda y estados de excepción vacíos, el país no será más que un cascarón institucional al servicio de mafias.
 
La meditación es urgente: o recuperamos la Política Criminal con inteligencia real y depuración de cuello blanco, o terminaremos siendo espectadores de nuestra propia disolución como República. La soberanía no se defiende con discursos, se defiende con integridad. Y eso, hoy por hoy, es lo más escaso en el Palacio de Gobierno.


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