EL ESTADO EN PAUSA Y LA NACIÓN EN FUGA
Ecuador
ha dejado de ser un país en crisis para convertirse en un territorio
bajo administración compartida. Por un lado, un Gobierno que ha hecho
del Estado de Excepción su única política pública; por otro, una criminalidad que ha dejado de esconderse para ejercer una gobernanza criminal a plena luz del día. Lo que hoy vivimos no es un bache en la historia, es el resultado de una incompetencia sistémica que ha mutado en una complicidad tácita.
Hemos
llegado al punto donde la seguridad se mide en "likes" y no en vidas
salvadas. Mientras los ministros se transforman en figuras de vitrina,
posando junto a uniformados mal pagados en operativos de semáforo, los
verdaderos nodos del poder delictivo —esos santuarios
de impunidad— se consolidan. Es la tragedia de la forma sobre el fondo:
se exhiben fusiles mientras las aduanas, los puertos y los pasillos
judiciales siguen siendo el colador por donde se desangra la soberanía
nacional.
La pregunta que el Ecuador debe hacerse hoy no es cuándo terminará el próximo toque de queda, sino quién manda realmente cuando la luz se apaga.
La infiltración de la narcopolítica no es una sospecha, es una
estructura que se alimenta de la ineptitud de asesores de escritorio y
de la ceguera voluntaria de quienes deberían depurar sus propias filas.
Un Estado que no puede garantizar que sus fuerzas del orden sean inmunes
al soborno, porque las tiene en el abandono salarial, es un Estado que
ha renunciado a pelear.
Estamos permitiendo la creación de microestados
dentro de nuestra frontera, zonas donde el ciudadano ya no espera nada
de Quito, sino de quien controla el barrio. Si no despertamos de este
letargo de propaganda y estados de excepción vacíos, el país no será más
que un cascarón institucional al servicio de mafias.
La meditación es urgente: o recuperamos la Política Criminal
con inteligencia real y depuración de cuello blanco, o terminaremos
siendo espectadores de nuestra propia disolución como República. La
soberanía no se defiende con discursos, se defiende con integridad. Y
eso, hoy por hoy, es lo más escaso en el Palacio de Gobierno.
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