EL FRACASO DE LA GRAN ESTRATEGIA Y EL EFECTO PINZA QUE ACECHA A ECUADOR
Ecuador se encuentra atrapado en una paradoja de seguridad tan costosa como sangrienta. Tras más de dos años de gestión bajo una narrativa de guerra, el gobierno del presidente Daniel Noboa exhibe un balance donde la pirotecnia política de los decretos de excepción y la declaratoria de conflicto armado interno contrastan con la cruda realidad de las calles.
El diagnóstico desde la inteligencia estratégica es inequívoco: se ha priorizado la espectacularidad de la contención militar macro a costa de desmantelar la seguridad ciudadana micro. El ciudadano común, desprotegido en su barrio, paga el precio de una estrategia que confunde la defensa nacional con el control del orden público.
El abandono sistemático de las Unidades de Policía Comunitaria (UPC) y el repliegue de la Policía Nacional hacia un rol cuasi-militar representan el mayor error táctico de este periodo. Al vaciar los barrios de presencia preventiva para alimentar los frentes de combate contra el narcotráfico, el Estado provocó un "efecto globo": las mafias mutaron y se dispersaron.
La violencia urbana, las extorsiones generalizadas y el control criminal de espacios públicos en urbes como el Distrito Metropolitano de Quito son el resultado directo de haber roto la inteligencia de vecindario. La delincuencia común no se combate con fusiles de asalto en carreteras, se disuade con patrullaje preventivo, investigación judicial y control territorial efectivo.
A este complejo escenario doméstico se le suma ahora una variable geopolítica de altísimo riesgo. La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia, con una agenda radical de erradicación de cultivos de coca y militarización de su frontera sur, configura un inminente "efecto cucaracha". La presión de las fuerzas del orden colombianas empujará, inevitablemente, el conflicto y las estructuras criminales hacia suelo ecuatoriano. Esmeraldas, Carchi y Sucumbíos están en la línea de fuego de una delincuencia transnacional que buscará refugio y nuevas economías ilegales para compensar sus pérdidas.
Ecuador se encamina hacia un efecto pinza: por un lado, una delincuencia local desatada por la desatención del Estado en los barrios; por el otro, la exportación de violencia y violencia fronteriza derivada de la ofensiva colombiana. El alineamiento diplomático actual entre Quito y Bogotá es un canal necesario, pero las buenas relaciones y el optimismo arancelario no detienen las balas ni el flujo de droga.
La salida no radica en prolongar indefinidamente un estado de sitio que ya sufre de rendimientos decrecientes y desgaste institucional. Radica en una reingeniería urgente y planificada. Las Fuerzas Armadas deben volver a su misión constitucional estricta: blindar la soberanía, vigilar los cielos, custodiar las costas y taponar la frontera norte antes de que la crisis colombiana nos desborde. Paralelamente, la Policía Nacional debe ser depurada, financiada y devuelta a su naturaleza comunitaria y preventiva. Si el Estado no recupera el control de la acera y el barrio, ninguna victoria macro contra el narcotráfico será suficiente para devolverles la paz a los ecuatorianos.
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