EL NAUFRAGIO DE LAS FORMAS EN LA ASAMBLEA NACIONAL
El reciente espectáculo protagonizado en el pleno de la Asamblea Nacional marca un nuevo punto de inflexión en la degradación del debate parlamentario en el Ecuador. El cruce verbal entre legisladores del bloque oficialista ADN y de la Revolución Ciudadana no solo fue "salvaje" por su intensidad, sino por la precariedad intelectual y la bajeza ética de quienes, en teoría, ostentan la representación de la soberanía popular.
Es alarmante que un legislador, en el ejercicio de sus funciones, recurra a un lenguaje soez, ruin y descalificador para referirse a sus pares. Pero resulta aún más ofensivo para la inteligencia pública que dicho asambleísta, tras proferir insultos que lo sitúan en la periferia de la decencia y la educación, haya tenido el atrevimiento de compararse con Sócrates.
La comparación con el filósofo griego no es solo un error histórico o una falta de modestia; es una muestra de cinismo. Mientras Sócrates dedicó su vida a la búsqueda de la verdad a través del diálogo y la humildad intelectual —su célebre "solo sé que nada sé"—, el asambleísta en cuestión utilizó la palabra como un mazo para denigrar. El uso de la ironía socrática buscaba elevar al interlocutor hacia el conocimiento; el uso del lenguaje bajo en la Asamblea solo busca hundir al oponente en el fango de la descalificación personal.
Este incidente, ocurrido el 6 de enero de 2026 durante el debate de la Ley de Repetición, obligó incluso a la intervención de la escolta legislativa y a la suspensión de la sesión. No es un hecho aislado, sino el síntoma de una política que ha reemplazado los argumentos por los gritos y la dialéctica por la vulgaridad.
La ciudadanía asiste con estupor a este escenario donde la curul se convierte en un ring y la palabra en una ofensa. Un asambleísta que recurre al insulto traiciona su mandato. Si además pretende disfrazar su falta de educación con referencias filosóficas fuera de lugar, lo que hace es añadir el ridículo a la infamia.
La Asamblea Nacional urge de un baño de civismo y de un respeto mínimo por las formas. Sin respeto no hay debate, y sin debate la democracia es apenas una cáscara vacía donde el más fuerte o el más vulgar pretende imponer su verdad. El Ecuador merece legisladores a la altura de sus problemas, no ciudadanos que usen el poder para exhibir su propia carencia de valores y educación.
Abg. Carlos Eduardo Bustamante Salvador
Abogado Criminalista-Mediador